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Con viento favorable y generoso día soleado de otoño embarcamos en el puerto de Alcúdia con rumbo a la vecina isla de Menorca y la intención de pasar unos pocos días de asueto, entre peñas, acantilados, caladeros, cuevas y bucólicos parajes. Sin otra pretensión que reencontrar de nuevo los singulares rincones donde el tiempo parece detenerse y, quizá, quiere hacer el amago de explicarse. Para ilustrarnos sobre tantos misterios irresueltos.

En ocasiones anteriores el mar no había sido tan condescendiente y los vendavales, tomándose su tiempo, impulsaron las olas por encima de la decena de metros, alcanzando incluso la pequeña boca superior de la Cova des Mussol, por donde se entra a la sala funeraria que los indígenas prehistóricos de hace cuanto menos 3500 años frecuentaban, seguramente descolgándose en el acantilado por una brecha de areniscas luego desgajadas y precipitadas al mar, o alcanzando desde el agua el zócalo de la entrada. Ya antes, año atrás, circunnavegando la isla de Mallorca el vendaval obligó de noche a sujetar bien los machos, al pasar de la tramontana al canal de Menorca con tormentoso aguacero, hasta arriar las velas al alcanzar abrigo en la isla amiga y donde no se pudo sino agotar los días disponibles, mirando llover y llover.

Sí, afortunados quienes pueden acudir a los emblemáticos lugares menorquines donde, con breve visita turística, se contentan interpretando más bien o menos mal lo que ven en plácido escenario meteorológico. Por supuesto, siempre pagando previamente en taquilla unos euros en cada monumento y que, multiplicados por todos y cada uno de los que el investigador necesita analizar, es un auténtico dineral en efectivo, a tocateja. Sin contar conque a uno se le remueve las tripas al pensar lo que contribuyó a poner en valor cultural -desde hace ya más de medio siglo y mediante notable derrame de dinero propio- sin recibir nunca un céntimo a cambio.

¿Tampoco los naturales del país tienen derecho a pases culturales menos gravosos? Qué extraño sentido de la propiedad.

Esta vez el mar estaba acogedor y, bajando con cuerdas por el acantilado, pudo apreciarse mejor el diedro con tono color anaranjado de donde se desprendieron seguramente las rocas de areniscas cuaternarias; a partir de brecha por donde accederían a la cueva los primitivos usuarios del antro funerario, a través de la grieta que finalmente acabaría precipitándose al mar. Porque arriba del acantilado todavía se ven las citadas areniscas sobre las molasas del macizo y también en el entorno de la entrada grande al subterráneo. Por el mínimo zócalo donde se encuentran las bocas pudo seguirse el resalte, en dirección al cercano vecino caladero. En el lado opuesto a la marina Cova des Coloms.

El equipo arqueológico ocupado en su día en excavar, estudiar y publicar el yacimiento comprobó el alcance de las fases de uso de la cámara principal, a lo largo de indeterminado tiempo; desde al menos los inicios del Bronce medio balear en adelante. Pudo dejar de frecuentarse al sobrevenir el desgaje en cuestión.

Pese a la espectacularidad actual del acceso, hay casos relativamente comparables en los acantilados de Mallorca y Menorca, en determinadas simas y en otras cuevas de verticalizados cantiles. Todavía se conservan restos de escalonadas estructuras de leños en fracturas hipogénicas baleáricas que descienden más de treinta metros en vertical hacia el nivel del agua potable del fondo. Del mismo modo se alcanzaban las elevadas embocaduras cavernarias mediante mínimas cazoletas de agarre en las excavadas areniscas del escarpe y en los pozos mineros más antiguos la eficiente combinación de troncos de madera empotrada en los agujeros del trayecto resolvían con paciente ingenio los problemas afrontados por los artífices de una u otra época.

En dirección al complejo "troglodítico" de Cales Coves, sale al encuentro del camino el recurso dolménico del portalillo ciclópeo de una gruta en su momento utilizada de antro funerario, donde alojar unos pocos muertos. Ciertamente, no son pocas las cuevas del paraje empleadas en la Edad del Bronce para esa misma función; aunque con posterioridad acabaran radicalmente transformadas para cubrir necesidades habitacionales, avanzada la época talaiótica, el dominio romano y aún el tiempo de los musulmanes. De los dos últimos periodos citados se dispone de evidencias materiales en forma de grutas a tal fin remodeladas para cubrir las funciones religiosas del asentamiento.

En cambio las popularmente llamadas "Capades de Moro" (por cauades de muro en catalán, covichuelas murarias) es cuestión diferente. Especie de hornacinas que en principio carecían de base plana y donde nada podía sostenerse. Algunas de ellas se transformaron adoptando forma de grandes cazoletas de alumbre ante la entrada del habitáculo, o bien en el propio interior del subterráneo. Pero en general las "Capades de Moro", a diferencia de las cazoletas abiertas en tierra (llumetes, animetes, zahumerios, etc.), las murarias contendrían algo inmaterial. Una sustancia de sentido espiritual. Quizá considerando el receptáculo pétreo expresión de santa sacralidad. Más tarde equivalente a los nichos de la imaginería de iglesias y catedrales. Para el vulgo, "capillitas" individualizadas de cada santo.

Al efecto, en la imagen fotográfica de abajo puede observarse cómo las dos destacadas unidades alveolares  se remodelaron creando artificialmente el rebaje de una peana en la base, sensiblemente rectangular y atribuible a época romana.

Del notable grupo de cavernas de Cala Blanca (Ciutadella, Menorca) cabe destacarse aquí y ahora la de Na Megaré, lugar que atrae felizmente por su contenido, si atendemos precisamente al árabe hispánico mákka, clásico makkah (mkrb: santuario; la Meca en Arabia Saudí) y con independencia de que el pozo de entrada estuviera cegado de antiguo, se reabriera tal sumidero cársico a consecuencia de unas obras y dentro no se hallaran vestigios arqueológicos de ninguna consideración. En castellano antiguo 'maguer' (andalusí makkár) conservado también en Ibiza y en el griego makarí. En cambio Megara se llamaba la hija mayor de Creonte (mahä del sánscrito: grande), rey de Tebas. Fue la primera mujer de Hércules, si el topónimo no es fonema confundido con Megera, una de las diosas del infierno a todas luces acuático, paradisíaco y conforme con su primer sentido etimológico pérsico. Radical indoeuropeo meg- en portugués conservado en el vocablo megera, gran bruja o feraz curandera. En gallego una Meiga, aunque de las actas inquisitoriales se ha deducido a veces contrapuestas funciones mágicas de la una y la otra, desde el laxo punto de vista eclesiástico de la época.

Si se pretende ascendente antroponímico del vocablo Megaré, en femenino, habría que relacionarlo en el santoral católico con San Macario ermitaño egipcio y con su otro medio centenar largo de santos makarios oficiales.

Al entrar y salir de la arqueta y angosto agujero de Na Megaré uno se apercibe de haber dejado al aire lo que plantea Nadia Julien en SWING, págs.1-651. 2008 (L. Rosés, S. A. Gavà. Barcelona) sobre este  específico nombre y quien lo traduce en el sentido de "la gran caverna", en base a la lógica de meg-garé. La gruta grande, garita mayor, lagar enorme o garaje subterráneo, si la licencia interpretativa permitiera ver en el clásico gár arábigo similar aspecto formal de curvatura cupular o un 'garra' (ger- indoeuropeo) que bien pudo ser antes el ibérico quer de la piedra carsificable.

Y sobre piedras y pedregales sigue el caminante, distinguiendo en el horizonte las múltiples y auténticas cuevas artificiales perceptibles en la imagen fotográfica de más abajo, dando peculiar atractivo al extremo paraje de Punta Nati (Ciutadella). Verdaderas obras piramidales nacidas de su ascendente tumular, evolucionadas a partir de los monumentos dolménicos y que, en esencia, tanto se parecen de lejos a los talaiots más antiguos.

Claro que, si sigue la pertinaz racha recaudatoria institucional de favorecer el pago por la visita a todo reducto monumental de Menorca que se precie, la pobreza cultural de los paganos restará cada vez algo más supina; en proporción al montante del mucho  dinero sonante recaudado.

Es lo temido y contemplado en unos cortos y apacibles bellos días de finales del año 2018 entre los siempre gratos menorquines. 

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