principal articulos reportajes

informes

opinion mapa_del_web

La constante 'naviforme' en los asentamientos del Bronce medio (III)

MIL AÑOS EN LA CULTURA DE LOS HIPOGEOS ARTIFICIALES  (2500-1500 a. JC.)

Mil años, poco más o poco menos, duraría la primera revolución tecnológica del uso de los metales y especialmente de la exitosa aleación del cobre con el estaño. Antes el uso de los instrumentos de pedernal no permitía talar los gruesos árboles requeridos para utilizarlos en mover los enormes megalitos, ni el canteo de las mayores piezas en las canteras, su transporte y ejecución de las imponentes estructuras subterráneas, surgidas en principio a partir de mínima cesta excavada en el suelo, revestida internamente con troncos de madera y cubierta con montículo de tierra y piedras en medio del campo.

Porque las atribuciones del llamado "dolmenismo atlántico" no acreditan sino resultados obtenidos con muy discutibles mediciones radiocarbónicas, pretendiendo situarlo hacia el 5000 antes de nuestra era. Con ello dando crédito a un etnocentrismo divulgativo que no se sostiene de ninguna de las maneras. Especialmente si se toma en consideración ese temprano fenómeno globalizador durante la temprana Edad del Bronce, conforme con el contexto arqueológico constatado seriamente en prácticamente todos los continentes del mundo desde el entorno del 2500 antes de nuestra era en adelante.

Para empezar debiera aclararse el hecho de que cistas tumulares, estructuras dolménicas, torres piramidales y naves catedra- licias participan en origen de un ascendente común: la necesidad de construir una cueva artificial donde no se disponía de cámara perdurable para honrar a los ancestros y cohesionar a los contemporáneos. Desde ahí al concepto de santuario de obligado blindaje defensivo apenas quedaría el paso de ubicarlo en la cumbre de adecuado otero, cuando el sedentarismo ya tenía delimitado claros dominios territoriales y se ocupaba en defenderlo a sangre y fuego. Poco antes no había sido necesario, debido a los moderados patrones demográficos del nomadismo extensivo previo al pastoreo de itinerarios en circuito cerrado. Solamente después los campos ganaderos, en el fondo de las majadas, se convertirían en campos agropecuarios; ya avanzado los albores de la Edad del Hierro.

Todo santuario era acogedor refugio donde descansaban los muertos, pervivía el espíritu de los santos padres predecesores de la comunidad y acabaría representando el postrer alma mater de la defensa territorial. Su jefe, guía, regente, faro, faraón, cabeza principal o capitoste es por ello, en principio, de ascendencia divina (el padre indicador del camino, el que iluminaba la ruta a seguir, luego indoeuropeo Júpiter) y en consecuencia estricto procurador de la  función de velar por su gente.

Está, en la disputa por el dominio del territorio cultivable, la idea torrera de fortificar el asentamiento; pero la misma función es constatable al menos mil años en la cumbre de agudos picos rocosos, amurallando el acceso con aparejos ciclópeos. Cuando en las praderas no florecían cultivos agrícolas sino que criaban los rebaños, vigilados por las hordas seminómadas de que vivían. En ese supuesto la pirámide no es más que una montaña artificial en cuyo seno tumular se venera el alma de la comunidad. Un temenos o teo-minos, el dios de la montaña, de la prominencia; el señor del dominio.

Función complementaria de la pirámide pudo ser el de sugestivo remedio contra apoteósica marea inundatoria de la ribera. El visceral temor a la "Serpiente Emplumada", el feroz dragón fluvial que tan frecuentemente arrasaba el fondo de las cuencas y sus pantanales, se combatió con eficaces canales de avenamiento hidráulico; además de edificarse en altura, a lomos de los cerros. Aunque la cámara funeraria subterránea siguió permaneciendo subsumida bajo el suelo del monumento.

En el caso del Ziggurat y la Mastaba, con reductos hipogeos equiparables tanto en extremo oriente como en iberoamérica. Especies de bíblicas torres de Babel ya ahora muy desmerecidas por los derrumbes y las malas restauraciones. Al efecto, la conservada en Monte d'Accorddi (Cerdeña) con topónimo semítico seguramente referido a "santuario" en calidad de monte escudo de la defensa, conforme a los argumentos planteados por R. Casti (2016) en pierluigi motalbano blogspot.com. En Mallorca conservándose el equivalente sentido primitivo de Puig Escuder; literalmente el pico escudero. Donde hace poco destaparon en la cumbre evidencias de una fortificación de tardía época romana (restos de ánforas, etc.) cerámicas del periodo islámico (fragmentos de loza policromada, etc.) y lienzo murario atribuible al tiempo de los habitáculos naviformes de finales de la Edad del Bronce.

También en Baleares se comprueban plataformas prehistóricas escalonadas con acceso mediante pronunciada rampa, en número estadísticamente irrelevante en función de la cuantía de los monumentos inventariados y de la más moderna técnica constructiva utilizada con fines distintos a la función original de cada estructura en particular.

Tema de estudio es, todavía, la cronología cierta del caro revestimiento decorativo de las primitivas estructuras piramidales. Meras acumulaciones tumulares de piedras y tierras en el inicio, acabaron en siglos ulteriores con aprovechamientos distintos en las plataformas de superficie. El ya entonces nítido sentido urbano de los artífices participaban de una estética ajena a la presupuesta en los orígenes. Como si la rústica sobriedad del románico acabará en refinado gótico ya decadente respecto de la ideología de partida. Observaciones pertinentes incluso en lo referido a la gran pirámide de China.

La megalomanía de los poderosos de cualquier tiempo y lugar resulta a veces, sin embargo, inconmensurable; creando montañas donde no parecen imprescindibles. Manera de romper la lógica de la materialidad cotidiana con la sublimación del espíritu. A costa de tantísimo esfuerzo.

Es posible que nunca podamos entender del todo los mecanismos humanos generadores de ese tipo de contradicciones en los impulsos civilizadores. Lo cierto es que algunos desaparecen por completo y otros resurgen de sus cenizas, habiendo perdido en el proceso la mayor parte del inmenso patrimonio de conocimientos hasta entonces poseído.

Volviendo al objeto tumular del que nace el monumento primordial, conviene tener presente que la cumbre del promontorio tiende a convertirse en almenada torre de vigía, para defender el sitio sagrado y ejercer de singular elemento menhírico del paisaje. En templos, iglesias y catedrales con la cúspide emulando el remate puntiagudo de las pirámides. De manera que el templo y su torre fueron antes un todo, como lo es todavía hoy en día; con funciones no tan dispares a las del remoto pasado.

Da la impresión que las puntiagudas construcciones piramidales pasaron al continente americano desde el sureste asiático, perdiendo por el camino el significativo piramidón africano. En su lugar aparece la necesidad de fortificar en la cumbre un templo palaciego y, para ello, se potencia la gradería de acceso al mismo; conforme a los modelos religiosos del extremo oriente.

Y todo comenzó, a falta de alguna cercana cueva, abriendo mínimo agujero en el suelo, donde enterrar al familiar muerto con unas pocas ofrendas de recuerdo. Para que los animales carroñeros y los enemigos no perjudicaran el enterramiento se trató de hacerlo inviolable, al tiempo de impedir las emanaciones al exterior de la materia en putrefacción con una o varias herméticas antecámaras a lo largo del corredor de acceso.  De esa enterrada mínima cesta inicial de mimbres se fue pasando, a lo largo de unos miles de años después, a los sarcófagos del suelo en las impresionantes catedrales medievales y hasta los mausoleos contemporáneos.

La cuestión es tratar de explicar de forma racional, otro día, poco más adelante, cómo se construyeron realmente estos singulares monumentos, distribuidos por todo el mundo. Desde las inconcebibles coberturas monolíticas superiores a las 300 toneladas de peso y enorme volumen de buen número de monumentos asiáticos hasta los mayores enhiestos mehires, ninguna fuerza física humana es capaz de crearlos, sino el humilde ingenio y los mínimos recursos materiales de gente absolutamente terrestre, apegada a su lugar y partícipe de movimiento ideológico globalizante en reductos poblacionales casi siempre sencillamente aldeanas, cuanto menos en los orígenes.

Otra particularidad esencial de esta problemática del proceso creativo del dolmenismo piramidal y catedralicias consecuencias religiosas es la tipológica, dentro de cada tendencia regional. En el bien entendido que afecta a enormes áreas continentales y no solamente a recónditos parajes de la geografía de las naciones actuales. La revolucionaria erupción del Calcolítico metalúrgico impregnó las viejas culturas nómadas de toda la Tierra con un espíritu renovador hasta entonces inaudito, durante un tiempo temporal relativamente corto, de algo más de varias generaciones. Ágiles hordas sobre caballerías, bueyes y carromatos buscando siempre nuevos horizontes.                                                                    

Pollença, 13 de noviembre del 2018

    (Más abajo, capítulos publicados con anterioridad, I y II)

¿Epílogo de la cultura indoeuropea de los hiperbóreos y sus cuevas? (I)

El ADN de las poblaciones humanas rastreadas por los investigadores contemporáneos vino, no hace mucho,  a reforzar la tesis de los lingüistas de vanguardia ocupados en explicar la expansión de las primitivas culturas del profundo calcolítico indoeuropeo. Procedentes de unos focos de difusión que los partidarios del evolucionismo no acaban de encajar y que a los relativistas representa el incómodo rearme de las convicciones culturales del etnocentrismo.

No es necesario pararse en todo ello, sino ir directamente al cúmulo de datos hoy disponibles entre los tiempos del instrumental neolítico y los albores del metal, cuando la agricultura estaba aún en pañales en muy pocos y recónditos sitios del planeta. Las hordas nómadas se movían al ritmo de sus exponenciales ratios demográficos, siempre proyectados hacia nuevos horizontes. Luego vendrían, muchos siglos después, otros carromatos de cuatro ruedas tirados por bueyes o por caballerías; ahora con colonos agropecuarios, cada vez mejor armados para la guerra y para el cultivo dominante de la tierra. Pero no conviene apresurarse y analizar el virus del stonehengeismo desde perspectiva más acorde con la de aquellos tratadistas bien informados, aceptando que a las moles de la arquitectura megalítica precedió la de las enormes estructuras de madera y aún a esta última las primeras fases del protosedentarismo pastoril de las praderas, las estepas y las forestas de ribera. De modo que el templo donde celebraban el culto agricolista solar por su utilidad astronómica y preveer los eventos metereológicos que afectan a los cultivos, entra plenamente en el ciclo de las culturas religiosas, bien avanzada la Edad del Bronce y cuando el animismo ya se batía en franca retirada. Lo cual no quiere decir que el sitio sagrado, de la sangre colectiva, sacramental, no estuviera en uso desde mucho antes incluso de los ritos animistas y del previo totemismo de los cazadores; porque en la base de esos monumentos el arqueólogo suele detectar los indicios de épocas precedentes. Y es que el lugar santo suele condicionar la significancia de la obra que acaba alzándose sobre el lugar; primero el fálico palo horario del Sol, más tarde un chanto / enhiesto canto / santo menhir y acto seguido concurriendo todo lo demás, a lo largo de los milenios, acaben siendo sepulcros megalíticos, simple ermitas o enormes catedrales.

 Tras las obras de adobe se generaliza las del ciclopeísmo. Aquellas sustituyeron las entramadas con troncos de árboles, leños y chamizos, a su vez en principio inspiradas en las construidas con pieles. Cobijos campamentales, cuando moverse de un paraje a otro era más determinante que enraizarse. Recurso especialmente útil a los nómadas y quienes cubrían largos itinerarios casi siempre en circuitos cerrados sobre determinados dominios, hasta que el excedente de población desbordaba su amplísima periferia y así sucesivamente. No tardaría la realidad demográfica en ralentizar los desplazamientos, hasta sobrevenir el sedentarismo agropecuario. Cuando los habitáculos absidales se asientan por doquier, las construcciones naviformes, los dichos barcos de piedra, las casas largas o longhouses, las menhíricas atribuidas a los wikingos, los recintos de monolitos de Ale, las tumbas de gigantes, las cámaras hipogeicas naviculares, a continuación los templos y las catedrales, o cualquier otra arca noética como la del sumerio Gilgamesh.

Al efecto, el inmemorial cuento infantil de "los tres cerditos" tenía en los hogares de nuestras latitudes el relevante carácter doctrinal de advertir sobre la precariedad de la choza de paja frente a cualquier agresiva contingencia. Para resistir a la bestia resultaba sin duda mejor la cabaña de madera y en la imperecedera sólida obra de piedra era donde realmente las crías podían sentirse seguras. Claro que los modelos seguidos para la construcción pétrea estaba en los endebles habitáculos anteriores de paja y leños, reproduciendo las formas de los ancestrales cobertículos campamentales hechos de pieles ¿Pero porqué ese tipo concreto de tienda alargada de acampar conservó hasta hace poco su forma aparente de barco?

Otro cuento: el de la cigüeña y los bebés. En algunas de las relictas culturas animistas mantenidas desde el remoto pasado, los pollitos recién salidos del huevo representan la reencarnación del espíritu humano del ancestro muerto y el gallo el renacer de cada nuevo día; siendo otro ave la cigüeña, de la que se cuenta que trae a casa los niños recién nacidos.

En buena parte de Iberoamérica los indígenas llaman guagua a los bebés, en función seguramente de imaginarlos criaturas transportadas por las cigüeñas. Sí, porque en el cuento ejercen la función de las antiguas camionetas, hoy dichos autobuses, en su momento 'vagón' (del inglés primitivo waggon, quizá indoeuropeo wag-guaon) y que esencialmente significa nave de transporte. Alargado hangar (wuan-gar, cueva vehicular, gruta total, la transportable: phan-gar) en castellano en este punto identificable como carromato de cuatro ruedas tirado por bueyes o por caballerías, con el arqueado techo cubierto por una lona y donde los romeros, al igual que los colonos del oeste norteamericano, las antiguas caravanas de gitanos y demás nómadas, transportaban dentro sus crías durante los desplazamientos. Carruaje o vehículo, ambos afectados en parte por la partícula indoeuropea wegh y que se mantiene conservada en el fonema sic-wegh-nïa, nuestra 'cigüeña', "el transportador de las crías"; la guagua a que también se refiere la gente de Canarias, la camioneta recorre-caminos.

Cuando todavía los asentamientos del profundo calcolítico no proliferaban, las lenguas indígenas prehispánicas pudieron vocalizar txikue-nïa (íbero-vasco txita, pollito; txiokatu, piar), el eterno lloriqueo de los niños chiquitos (txiki). De hecho el txiker vascuence es un tipi, la tienda india de acampar en las praderas. Para los Siux un alojadero cónico, pero su réplica alargada con remate absidal puede considerarse anterior. En cualquier caso, el hogar transportable. Ahora bien, ¿Porqué entonces el carromato con su pequeño hangar o alargada nave de las hordas nómadas acaba identificado con el barco habitacional y sus antros cultuales funerarios?

Cierto que en las culturas insulares del Océano Pacífico, y en todos los mares del mundo, los aborígenes relatan las excelencias del providencial mítico barco de carga que les trajo al lugar y que inicialmente les alimentó. Verdad, también, que de los Aqueos se dice que habitaron diez años bajo los cascos de sus naves invertidas, hasta que consiguieron entrar y conquistar la Troya de Homero. Recurso literario útil a los eruditos que denominaron "naviformes" las construcciones ciclópeas generalizas durante el Bronce medio en el archipiélago balear. Aunque se han tenido por "Pueblos del Mar", la gente de esta otra cultura, ya esencialmente agricolista, es del inicial horizonte cultural de la Edad del Hierro; conforme con la realidad arqueológica de la llamada tumba hipogeica de Agamenón. Unos y otros pueblos les separan como poco quinientos años, modos de vivir radicalmente distintos y linajes quizá emparentados con los ancestros extendidos por todas las riberas, las marismas, campiñas y más fértiles navas, pero el sustrato étnico receptor era presumiblemente ya entonces diverso.

Del habitáculo primigenio a la nave espacial, a través de los tiempos.

La guagua habitacional o vagón nómada de transporte (II)

Decíamos que la progresiva expansión y paulatino asentamiento de las culturas nómadas indoeuropeas de las estepas, landeras de las grandes cuencas hidrográficas, orillas lagunares de las mesetas y riberas marítimas contribuyó al revolucionario progreso de la incipiente agricultura doméstica, junto al tímido germen de la estabulación del ganado, a partir de la experiencia adquirida en los rediles, cerrados ruedos o campos de cría de animales capturados.

La horda nómada se había movido mucho antes controlando sus rebaños, a lo largo y ancho de las praderas. Por rutas seguramente seguidas durante milenios por los nómadas cazadores que habían vivido de las manadas silvestres. Cuando el ya desbocado crecimiento demográfico humano no podía conformarse con las pequeñas piezas de los animales menores, las ancestrales prácticas de carroñeo, el eventual recoleccionismo de los frutos de temporada, la rapiña incontrolada de nidos o la pesca en los pantanales. Ahora esos contingentes comenzaban a sedentarizarse; al principio de forma tímida y en extenso paraje, luego poco a poco más constreñidos por la delimitación de cada vez mayor exigencia delimitadora entre territorios convecinos. Unos y otros pobladores de la comarca, seguirían probablemente las arraigadas tradiciones nómadas, durante cierto tiempo, con salidas periódicas hacia las extremidades, mediante trashumancias anuales de los rebaños y vuelta cíclica a los campamentos de invierno. Todavía siempre transportando consigo lo esencial de los ajuares domésticos, lechos, armas y utensilios; además de los animales, la familia y el resto de la tropa.

¿Pero qué restaba en la sede campamental? Apenas los desperdicios de las comidas cotidianas, los escasos rotos recipientes que empleaban, las improntas de los troncos en tierra de las cabañas, paramentos de piedras más o menos compuestas y alguna sepultura en las cercanías. Y así y todo, menos quedaba en los enclaves palafíticos de las desembocaduras de los grandes ríos, borderías marinas y márgenes del pantanal; porque al cambiar de sitio su gente lo portaban prácticamente todo en barcas y, si podían, desmantelaban también la madera de las plataformas, para llevarla flotando y reutilizarla en nuevo emplazamiento.

Quienes se desplazaban a pie improvisaban cabañas de chamizo para acampar, los que utilizaban caballerías podían llevar tiendas de pieles, de tejidos o bien de cestería; mientras el uso de carromatos cubiertos permitía permanencia interior de noche, durante menos incómodos largos recorridos a través de distancias que llegaron a ser muy importantes. Camionetas donde llevar, sobre todo, a los niños. Hoy para los adultos llamadas 'caravanas'. Un vagón o guagua de transporte doméstico. Si acaso, la primitiva "cigüeña". En cualquier caso una nave rodante, en calidad de casa larga indoeuropea.

Naves de tierra firme, con forma sensiblemente fusoide hasta el ábside y con acceso recto en el extremo contrario. En su día diferenciadas de las otras más pequeñas y de posición absidal opuesta que acabarían sirviendo como carros de combate; pero ambas tipologías conservando carácter naviforme, como en las piraguas y demás antiguas embarcaciones. Aspecto balístico de todas estas estructuras cuya función fue desde el principio "navegar" las embestidas del viento, penetrando su sentido de procedencia. Tal y como se comprueba en la disposición de las construcciones y cabañas primitivas respecto al punto de donde suele soplar el aire en cada lugar, para afrontar mejor las contingencias metereológicas. En las contemporáneas naves espaciales hechas con el propósito de contrarrestar en lo posible la resistencia de la atmósfera.

En efecto, podemos imaginar el mítico "Paraíso Terrenal" como alargada húmeda nava orográfica, en cuanto artesa (abarquillada caja de madera de amasar el pan cotidiano) donde florece la vegetación y mejor proliferan los seres vivos. Ámbito delimitado por la habitual depresión de la cuenca hidrográfica. En el sánscrito indoeuropeo naau es  embarcación (el al-barca toponímico balear es una nava, también nova y n'ubac, donde por lo común se halla la alberca del agua), en el persa antiguo es naviya, en avéstano navaza, armenio nau, irlandés antiguo náu, galés noe, bretón neo, islandés nor, latín nausea (náuseas: mareo), castellano 'navío' (nau del catalán) y 'nave' terrestre en cuanto hangar. Noc (artesa), con náva-, (náhhi- ombligo) y neva: alargada cuba orográfica; según E. A. Roberts et alii, 1996. Términos por lo general directamente relacionados con la función de navegar en determinada dirección, a lo largo de ruta en principio hidrográfica. Del avéstano nava entendiéndose sentido de nuevo, similar al propio significado del griego como 'joven', propio del fresco fondo de la húmeda artesa. En persa antiguo naiba en calidad de belleza silvestre del paraíso terrenal.

Aunque el 'nagüela' del castellano se refiere a una choza, mera transliteración del andalusí nawwala (nauala, cabaña provisional), según F. Corriente (1999), relacionable con el latín navis sufijado en diminutivo romance y de donde 'navecilla'. En el naquera del catalán, canal colector de la noria, especie de  artesilla (F. Corriente, Ob. Cit.) o añeclín donde se vacían los cangilones de la azuda. Para Alvar (1957) étimo árabe referido a 'los transportadores'. Como el narguil catalano-provenzal, el narguilí portugués  y el 'narguile' castellano, al indicar la 'pipa del agua'. Si acaso, la pipera del fondo de la artesa hidrográfica; el eje por donde discurre el caudal de la ribera.

En el náutico Noé bíblico: 'el transportador' a través del agua diluvial (hebreo niah). En nabí es jefe o guía militar de caballerías, señor de su cuenca (el conde medieval); término lingüístico en discusión debido a su correspondencia semántica con la prolongada pervivencia de los encadenados caballos de tiro, enganchados a los más pesados carromatos de viaje terrestre. Con su viva imagen comparable a las cordadas de bateleros de ribera jalando río arriba, desde el margen del agua, las barcazas de transporte náutico.

             jaencinas.ccmallorca@gmail.com