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La constante 'naviforme' en los asentamientos del Bronce medio:

¿Epílogo de la mítica cultura indoeuropea

de los hiperbóreos y sus cuevas? (I)

El ADN de las poblaciones humanas rastreadas por los investigadores contemporáneos vino, no hace mucho,  a reforzar la tesis de los lingüistas de vanguardia ocupados en explicar la expansión de las primitivas culturas del profundo calcolítico indoeuropeo. Procedentes de unos focos de difusión que los partidarios del evolucionismo no acaban de encajar y que a los relativistas representa el incómodo rearme de las convicciones culturales del etnocentrismo.

No es necesario pararse en todo ello, sino ir directamente al cúmulo de datos hoy disponibles entre los tiempos del instrumental neolítico y los albores del metal, cuando la agricultura estaba aún en pañales en muy pocos y recónditos sitios del planeta. Las hordas nómadas se movían al ritmo de sus exponenciales ratios demográficos, siempre proyectados hacia nuevos horizontes. Luego vendrían, muchos siglos después, otros carromatos de cuatro ruedas tirados por bueyes o por caballerías; ahora con colonos agropecuarios, cada vez mejor armados para la guerra y para el cultivo dominante de la tierra. Pero no conviene apresurarse y analizar el virus del stonehengeismo desde perspectiva más acorde con la de aquellos tratadistas bien informados, aceptando que a las moles de la arquitectura megalítica precedió la de las enormes estructuras de madera y aún a esta última las primeras fases del protosedentarismo pastoril de las praderas, las estepas y las forestas de ribera. De modo que el templo donde celebraban el culto agricolista solar por su utilidad astronómica y preveer los eventos metereológicos que afectan a los cultivos, entra plenamente en el ciclo de las culturas religiosas, bien avanzada la Edad del Bronce y cuando el animismo ya se batía en franca retirada. Lo cual no quiere decir que el sitio sagrado, de la sangre colectiva, sacramental, no estuviera en uso desde mucho antes incluso de los ritos animistas y del previo totemismo de los cazadores; porque en la base de esos monumentos el arqueólogo suele detectar los indicios de épocas precedentes. Y es que el lugar santo suele condicionar la significancia de la obra que acaba alzándose sobre el lugar; primero el fálico palo horario del Sol, después un chanto / enhiesto canto / santo menhir y después concurriendo todo lo demás, a lo largo de los milenios, acaben siendo sepulcros megalíticos, simple ermitas o enormes catedrales.

 Tras las obras de adobe se generaliza las del ciclopeísmo. Aquellas sustituyeron las entramadas con troncos de árboles, leños y chamizos, a su vez en principio inspiradas en las construidas con pieles. Cobijos campamentales, cuando moverse de un paraje a otro era más determinante que enraizarse. Recurso especialmente útil a los nómadas y quienes cubrían largos itinerarios casi siempre en circuitos cerrados sobre determinados dominios, hasta que los excedentes de población desbordaba su amplísima periferia y así sucesivamente. No tardaría el mecanismo demográfico en ralentiza los desplazamientos y en su momento sobreviene el sedentarismo agropecuario. Cuando los habitáculos absidales se asientan por doquier, las construcciones naviformes, los dichos barcos de piedra, las casas largas o longhouses, las menhíricas atribuidas a los wikingos, los recintos de monolitos de Ale, las tumbas de gigantes, las cámaras hipogeicas naviculares, después los templos y las catedrales, o cualquier otra arca noética como la del sumerio Gilgamesh.

Al efecto, el inmemorial cuento infantil de "los tres cerditos" tenía en los hogares de nuestras latitudes el relevante carácter doctrinal de advertir sobre la precariedad de la choza de paja frente a cualquier agresiva contingencia. Para resistir a la bestia resultaba sin duda mejor la cabaña de madera y en la imperecedera sólida obra de piedra era donde realmente las crías podían sentirse seguras. Claro que los modelos seguidos para la construcción pétrea estaban en los endebles habitáculos anteriores de paja y leños, reproduciendo las formas de los ancestrales cobertículos campamentales hechos de pieles ¿Pero porqué ese tipo concreto de tienda alargada de acampar conservó hasta hace poco su forma aparente de barco?

Otro cuento: el de la cigüeña y los bebés. En algunas de las relictas culturas animistas mantenidas desde el remoto pasado, los pollitos recién salidos del huevo representan la reencarnación del espíritu humano del ancestro muerto y el gallo el renacer de cada nuevo día; siendo otro ave la cigüeña, de la que se cuenta que trae a casa los niños recién nacidos.

En buena parte de Iberoamérica los indígenas llaman guagua a los bebés, en función seguramente de imaginarlos criaturas transportadas por las cigüeñas. Sí, porque en el cuento ejercen la función de las antiguas camionetas, hoy dichos autobuses, en su momento 'vagón' (del inglés primitivo waggon, quizá indoeuropeo wag-guaon) y que esencialmente significa nave de transporte. Alargado hangar (wuan-gar, cueva vehicular, gruta total, la transportable: phan-gar) en castellano en este punto identificable como carromato de cuatro ruedas tirado por bueyes o por caballerías, con el arqueado techo cubierto por una lona y donde los romeros, al igual que los colonos del oeste norteamericano, las antiguas caravanas de gitanos y demás nómadas, transportaban dentro sus crías durante los desplazamientos. Carruaje o vehículo, ambos afectados en parte por la partícula indoeuropea wegh y que se mantiene conservada en el fonema sic-wegh-nïa, nuestra 'cigüeña', "el transportador de las crías"; la guagua a que también se refiere la gente de Canarias, la camioneta recorre-caminos.

Cuando todavía los asentamientos del profundo calcolítico no proliferaban, las lenguas indígenas prehispánicas pudieron vocalizar txikue-nïa (íbero-vasco txita, pollito; txiokatu, piar), el eterno lloriqueo de los niños chiquitos (txiki). De hecho el txiker vascuence es un tipi, la tienda india de acampar en las praderas. Para los Siux un alojadero cónico, pero su réplica alargada con remate absidal puede considerarse anterior. En cualquier caso, el hogar transportable. Ahora bien, ¿Porqué entonces el carromato con su pequeño hangar o alargada nave de las hordas nómadas acaba identificado con el barco habitacional y sus antros cultuales funerarios?

Cierto que en las culturas insulares del Oceano Pacífico, y en todos los mares del mundo, los aborígenes relatan las excelencias del providencial mítico barco de carga que les trajo al lugar y que inicialmente les alimentó. Verdad, también, que de los Aqueos se dice que habitaron diez años bajo los cascos de sus naves invertidas, hasta que consiguieron entrar y conquistar la Troya de Homero. Recurso literario útil a los eruditos que denominaron "naviformes" las construcciones ciclópeas generalizas durante el Bronce medio en el archipiélago balear. Aunque se han tenido por "Pueblos del Mar", la gente de esta otra cultura, ya esencialmente agricolista, es del inicial horizonte cultural de la Edad del Hierro; conforme con la realidad arqueológica de la llamada tumba hipogeica de Agamenón. Unos y otros pueblos les separan como poco quinientos años, modos de vivir radicalmente distintos y linajes quizá emparentados con los ancestros extendidos por todas las riberas, las marismas, campiñas y más fértiles navas, pero el sustrato étnico receptor era presumiblemente ya entonces diverso.

J. A. Encinas S.

Pollença, 16 de mayo de 2017

Próximamente II: Del habitáculo primigenio a la nave espacial, a través de los tiempos.

Bibliografía y notas al final de la serie de artículos.

jaencinas.ccmallorca@gmail.com