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El megalitismo de la Edad del Bronce

La pertinente visita facultativa a significativos conjuntos tumulares dolménicos  peninsulares permitió recientemente ver más claras las relaciones de proximidad temporal entre los yacimientos cupríferos acreditados en uso desde el calcolítico en adelante y los monumentos megalíticos de ese periodo en el mismo paraje o sus aledaños.

Uno de esos casos, bien conocido en la bibliografía arqueológica de mediados el siglo pasado, es el de la zona minera de Zalamea la Real en la provincia de Huelva y ancestrales explotaciones metalúrgicas del entorno de Rio Tinto. En la imagen previa a estas líneas, bocaminas naturales del conjunto dolménico del Pozuelo hoy con el fondo inundado por aguas pluviales. Más abajo se aprecia el principio estructural de una de las construcciones megalíticas con cámaras absidales, con francos ortostatos internos al espacio tumular, contrariamente a la disposición externada frecuente en las fases iniciales de las construcciones naviformes o longhauses del Bronce medio. En el archipiélago balear monumentos aún conservados a centenares, con funciones habitacionales en su inmensa mayoría y el resto con evidencias funerarias.

No son menos los miles de dólmenes localizados en los dilatados parajes euroasiáticos y resultando especialmente significativos los ubicados en las cercanías de antiguas explotaciones mineras. Siendo frecuente verlos a centenares, unos casi al lado de los otros, sugiriendo la formación de poblados habitacionales. En geografías donde la escasez o pura inexistencia de cuevas naturales es un hecho. Cobijos hipogeicos artificiales emulando en gran manera los pequeños subterráneos naturales. Algunos formados bajo cubrición monolítica de más de 300 toneladas de peso, lo cual implica la imposibilidad material de humanamente moverlos, confirmando quizá que nunca se pretendió tal disparate sino que, sencillamente, se procedía de forma parecida a como se constata en los abrigos de los roquedales, al excavarse debajo de inamovibles enormes peñascos, mediante previo apuntalamiento ciclópeo periférico. En Corea y por todo el extremo oriente asiático con ejemplares bien elocuentes al respecto, tanto en las extensas praderas de erosión glacial como en los pies de montes y demás canchales.

En tal contexto continental cabe pensar en la limitación del instrumental lítico para hacer posible mover, mediante gruesos troncos de madera, palancas, artilugios tipo poleas, recias cuerdas, eficaces herramientas de corte y percusión con suficiente paciente disponibilidad de tiempo sedentario, los grandes megalitos distribuidos por todo el mundo, mediante cultura sin duda ya entonces global; acaso inicialmente preagricolista. De modo que, las hordas ocupadas en distribuir el entonces revolucionario conocimiento metalúrgico, pudieron ir reduciendo los circuitos nómadas a su estricto dominio trashumante, ya en plena  eclosión ganadera, en los albores agropecuarios. Horizonte cultural donde las herramientas de bronce acaban resultando imprescindibles.

Otra cuestión es la "alegría tipológica" conque se suele enfrentar la realidad de las malas dataciones radiocarbónicas. Las diversificaciones regionales -entendidas urbi et orbi- de los complejos tumulares dolménicos, como los piramidales (con ziggurats y mastabas),  tienden a priorizar las plantas de rectilíneos corredores conducentes a cámaras absidales, circulares, cuadrangulares o bien alveolares, en función de necesidades locales, limitación de los materiales constructivos disponibles, la orografía y cualidad del terreno del emplazamiento, el ritual utilizado en su momento por los artífices de la obra hipogea y de qué se vivía realmente en cada sitio y su época. Porque mil años de vigente megalitismo da tiempo paras muchos cambios, a lo largo de los siglos. Las actuaciones de consolidación del monumento, reformas y amplificaciones se constatan a veces diversas; aconteciendo comparativamente lo propio en templos, iglesias y catedrales, a lo largo de cuanto menos dos milenios.

Sobre el patrón geométrico utilizado en los inicios del megalitismo tumular, puede haberse producido la conveniente adaptación a los recursos precedentes construidos con madera y de hecho en la pétrea arquitectura protohistórica mediterránea se cuenta con la espléndida realidad edilicia de la antigua Grecia. A la misma cuestión se reduciría la menhírica estructura circular (crómlech de Wiltshire, Inglaterra) en Stonehengue y a los elementos de cubrición con enormes vigas de madera en los hipogeos artificiales inmediatos a la Gran Pirámide China, donde se encontró el ejército de figuras de terracota y su armamento broncíneo a escala real.

Similar panorama deductivo ofrece las cuevas funerarias de corredor, reconformadas a partir de subterráneos naturales cuyas exigencias de útiles espacios disponibles serían inicialmente ínfimos, en función de limitado crecimiento demográfico. Luego natalidad desbocada y en consecuencia requiriendo de alojaderos funerarios menos improvisados, hasta el extremo de integrar varias unidades inmediatas paralelas en solamente una de mucho mayores proporciones internas.

Hipogeos funerario de corredor en determinados lugares conservando, encima de los de carácter aislados, elementos del túmulo original; cuando los subterráneos naturales de origen se hallan en terreno plano. En cambio en sitios excesivamente pedregosos los anillos externos de contención perimetral de las tensiones del peso en el techo tendieron a reducir el relleno perimetral, conforme los círculos de piedra adquirían especial significado en alzada y, ya en los albores de la metalurgia del Hierro, surgiendo el fenómeno torrero (nuraghes corsos, talaiots baleáricos, etc.). Pero no siempre los tipos estructurales estudiados por los investigadores de campo son de nueva planta, sino que se elevan a partir de ruinas basamentales anteriores; o cuanto menos sobre los vestigios de asentamientos precedentes. De ahí la confusión en las interpretaciones de los materiales estratigráficos, al usar métodos inconvenientes y calibraciones radiocarbónicas de insuficiente calado procedimental.

Se da la circunstancia que la existencia de betas cupríferas en los parajes de rocas carbonáticas no están siempre de manifiesto en superficie, ni el contenido arsénico de esos minerales es homogéneo; debido en general a tratarse de productos de primitiva recolección manual entre arrastres erosivos, paquetes y estratos geológicamente diversos. Aparte está la delicada fase inicial del horneo en la procuración del lagrimeo del estaño en los procesos de fundición de la galena del Keuper, para sacar el plomo. Pero abundan en los roquedales calcáreos las aprovechables trazas que antaño los lugareños denominaban en Mallorca ferrete; un carbonato de cobre de aspecto ferroso, presente en los alrededores de los poblados prehistóricos como componente detrítico de las rocas del Burdigaliense. En los reductos habitacionales más apartados de las vías comerciales del Bronce antiguo su metalurgia reductora se limitaba a producir mínimas hojas en forma de dagas de pocos centímetros de longitud, punzones para leznas de pieles y primeras sortijas de adorno personal. De unas centurias de años después los yacimientos arqueológicos atestiguan la presencia de pequeñas hachas de bronce, similares a las de pìedra pulimentada y de xílex, poco antes de generalizarse la metalurgia de guerra.                                                                       

                                                                                                                                    Pollença, 20 de diciembre de 2018  

                                                                                                                                                  J. A. Encinas S.

El "Corpus cavernario mayoricense",

de venta en principales librerías de Mallorca (P.V. P. 60 euros), Internet, El Gall Editor  o bien mediante petición directa a:

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