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EL ALCANCE CRONOLÓGICO DEL TOPÓNIMO BÓQUER Y SU HISTÓRICA ACOMODACIÓN LATINA DE BOCCHORIS

EN CALIDAD DE BOQUERÍA PORTUARIA

 En la imagen el acceso al caladero de la boca. A diferencia del propio de Albercutx ('l-berku-ici?, sitio de la fortaleza) en la bahía de Pollença, fue siempre más abordable por mar y necesitado en la Edad del Bronce de las murallas ciclópeas de la Talaia Vella (la talaueïa) encima del Cavall Bernat.

Boccor-ici implica sitio boquero, de la boca, en momentos de la conquista romana baleárica en que se valora fundamentalmente la ensenada marismeña del Port de Pollença donde se abrigan las barcas, por lo general dentro del caladero de la desembocadura de un estuario. O por lo menos es lo constatado en otras notables radas del Mediterráneo.

Hasta ahí la interpretación del étimo en su versión latina, aunque de poco antes el radical bou- / bau- permanece vigente como hidrónimo descriptivo de la playa propia de la inmediata bahía donde desembocan las aguas de su cuenca hidrográfica y de donde el plural  bouïencia < Pollentia hoy transcrito Pollença. Bous igualmente abundantes en las costas ribereñas del Mare Nostrum y en muchos sitios de vadeo orográfico. Bollullos y buyencias o bugencias en tantos otros distantes enclaves ribereños que los islamistas acabaron señalando como ‘albufera’, a partir de ‘l-bouḥera / la buïera o bufera.

Para los asentamientos iniciales de las hordas indoeuropeas el radical beu- (Pokorny, E. A. Roberts et alii, etc.) pudo significar bullicio, ruido o estruendoso rugido de poderoso animal, casi siempre correspondiente a un león. Sánscrito búk-kāra-ḥ, avéstano bučahin-, griego bûca (búho), ruso bučati (resonar), lituano baublỹs (avetoro, el pájaro de plumaje leonado y legendario temible mugido asimilable al de un toro en celo) y el bῡza de bhugo- macho cabrío, anglosajón bucca, germánico bukkaz dando cuenta de las precisas coordenadas lingüísticas donde cabe encontrarse el origen etimológico del sustantivo ‘boca’.

En efecto, recurso onomatopéyico no tan distante del latino vox, vocis < ‘voz’ del hablar humano (wekw-: vocalizar) y sin duda ya presente en las más tempranas lenguas indoeuropeas que procedentes de Eurasia se asentaron en la península ibérica e islas adyacentes, en torno seguramente al año 2250 antes de nuestra Era. Casi al mismo tiempo que en las Baleares, conforme acreditan los vestigios arqueológicos de la cultura que introdujeron, hace cuanto menos 4300 años, o pocos más.

Pero en la entrada marina al prehistórico Vall de Bóquer existe enorme embocadura subterránea, donde los vendavales alzaban las olas por dentro de la sima que existió en el cenit, a 55 metros sobre el suelo y casi cien sobre el nivel del mar. El lugar del fenómeno aún se llama Cova de la Troneta (J. A. Encinas, 2014; CCM: Pol. T.06, pág. 1053), de otra manera indicado como Cova de l’Aragoner (por cova de l’oratgener, de las envestidas del viento) y Altar d’en Vaquer (por Bóquer?). Donde, durante la postguerra española, se dinamita el espectacular ahuracanado sopladero salino que producía enorme estruendo y consiguientes desastres agropecuarios tierra adentro, alcanzando a muchos kilómetros de distancia. Debido a poderoso Efecto Venturi; tubo de viento de otra manera en la toponimia del cercano predio de Siller con sentido en catalán normativo de xilla, ruidosa ventosidad de “la bestia”; la boca productora de daños hasta entonces considerables.

La aún impresionante vista de la cueva desde el mar está actualmente reducida en su conformación original, tras haber sido dinamitado el agujero cenital por donde expelía sobre la cresta de la sierra el mortífero y atronador chorro salino. El vendaval lo expandía tierra adentro, perjudicando la campiña. Quizá resulte suficiente mirar el árido morro marítimo donde se encuentra el fenómeno para compararlo con el fértil saliente del primer plano de la fotografía.

Significado de topónimo difícilmente asumible del todo sin atender la abrumadora realidad del contexto arqueológico conservado en el paraje, probablemente el asentamiento prehistórico más potente de la isla de Mallorca, desde los albores del calcolítico hasta la pactada anexión romana de su entonces boyante población. La misma cuyo territorio marismeño siguió denominándose en función de sus dos hermanas bellas bahías albufereñas, desde hace ya 4.300 años. A partir seguramente de onomatopéyico buff- (sánscrito indoeuropeo bhúy-as y de donde el anglosajón pocca, latín bulla que conlleva bucca por cuanto sopladero de la cara) descriptor del hecho de respirar fuerte debido al esfuerzo requerido para subir grave desnivel (buzamiento, buzo, bocina, bucólico, etc.) del terreno. En sentido inverso, decidida bajada al agua, a la buff-era, al erial marítimo.

                                                                                                                                                                        J. A. Encinas S.

                                                                                                                                                                       Pollença,  20.03.2019

jaencinas.ccmallorca@gmail.com